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Vicky Salcedo Vidente · Tarot de Marsella · Bilbao Llamar, a cualquier hora 944 774 973

Soy Vicky, y en el campo todo es cuándo

Victoria Salcedo Ibarra, aunque nadie me llama así. Nací en Haro en 1972, pasé dieciocho vendimias en la viña de mi familia y desde 2009 vivo en Bilbao, en Deusto, donde echo las cartas por teléfono.

Retrato de Vicky Salcedo: mujer de pelo corto rubio ceniza y piel curtida, con jersey de lana, sentada a su mesa con la ría de Bilbao en la ventana

Haro

Tres hectáreas en la Rioja Alta

Soy la segunda de tres hermanos. En casa teníamos tres hectáreas de viña y vendíamos la uva a una bodega del pueblo. Mi padre, Tomás, era de los que miraban el cielo antes que el parte. Mi madre, Maite, llevaba la casa y las cuentas.

En mi casa nadie echaba las cartas. Lo que había eran presentimientos, y eran míos. De cría decía cuándo iba a caer pedrisco antes de que se nublara, y acertaba lo bastante como para que mi padre empezara a preguntarme. «La cría huele el granizo», decía en el bar.

Es lo que yo llamo ver. No veo cosas: veo cuándo.

Viña de cepas viejas en la Rioja Alta en otoño, con las hojas amarillas y rojizas y un cielo de tormenta
Una viña de cepas viejas cerca de Haro, después de la vendimia.

De 1990 a 2008

Dieciocho vendimias

A los dieciocho años dejé los estudios y me quedé en la viña con mi padre. Podar en invierno, atar en primavera, vigilar el envero al final del verano, vendimiar en otoño. Dieciocho años así.

Ahí está mi formación de verdad. En el campo aprendes que nada llega el día que tú quieres; que todo llega en su estación, y que lo que se fuerza se estropea. Aprendes a distinguir lo que está verde, lo que está cambiando, lo que está maduro y lo que se ha pasado. Es exactamente lo que hago ahora con lo que me preguntas.

«Dieciocho vendimias. ¿Sabes lo que aprendí? Que nada llega el día que tú quieres. Pero todo tiene su estación, y se puede saber si falta mucho o poco.»

1998

Un Marsella de los soportales de Logroño

En 1998 me compré un Tarot de Marsella y un libro de segunda mano en una librería de los soportales de Logroño. Aprendí sola, en las noches de invierno, cuando en la viña no hay nada que hacer. El libro todavía lo tengo, lleno de subrayados a lápiz.

Empecé echándoselas a las mujeres de la cuadrilla de vendimia. En 2001 me pagaron la primera, y ese es el principio oficial. La baraja es la misma: la guardo en una caja de puros de cedro, y las cartas están curvadas de la humedad del norte.

Manos grandes y curtidas de mujer colocando tres cartas boca abajo sobre una mesa de roble, junto a una caja de puros de cedro
La baraja de 1998, en su caja de cedro.

2007, 2009

La última cosecha, y Bilbao

En 2008 mi padre se jubiló y los hermanos vendimos la viña a la bodega. De la última cosecha, la de 2007, guardé una botella sin etiqueta. Está en la estantería y no la hemos abierto nunca.

En 2009 me vine a Bilbao con Arantza, mi pareja, a la que había conocido en las fiestas de Haro, en la Batalla del Vino de 2005. Es bilbaína y delineante en un estudio de ingeniería. Desde que llegué atiendo por teléfono, y no he hecho otra cosa.

El norte me enseñó lo único que la viña no: la paciencia con la lluvia. Trabajo desde un cuarto piso de Deusto con la ventana a la ría, en una mesa de roble que me traje de la casa de Haro, con un calendario de pared lleno de apuntes y un olivo en la ventana que no acaba de hacerse a este clima.

Estantería con libros viejos, una botella de vino sin etiqueta y una foto en blanco y negro de un hombre en una viña
La botella de 2007, que no se abre, y la foto de la viña.

Cómo trabajo

Lo que hago, y lo que no

Empiezo siempre igual: dime qué estás esperando, y miramos en qué punto está. Antes de las cartas te digo cómo lo veo —verde, en envero, maduro o pasado—, y las cartas lo confirman o lo matizan. El plazo te lo doy en estaciones o en semanas, y acabo con algo que puedas hacer esta semana.

No doy días. No leo la salud, ni embarazos, ni muertes, ni loterías. No hago amarres ni rituales. No leo a menores. Y nunca llamo yo.

Al teléfono me acompañan mis compañeras, que leen como yo, para que haya alguien a cualquier hora. Por WhatsApp, mi asistente me lleva los mensajes, y la lectura te la doy yo en un audio.

Dime qué estás esperando